sábado, 10 de enero de 2015

Aromas del Dakar

En Lugo, trabajé en un restaurante como ayudante de cocina. Trabajar fue la modalidad práctica de un curso en el cual fui becada. A cada uno de los alumnos, se le asignó un lugar para la práctica. Éramos catorce y nos distribuyeron en diferentes lugares: hoteles, restaurantes y cocinas gourmet; así como parrilladas, cantinas y bares.  

A mí se me otorgó: “Aromas del Dakar” con horario cortado: de 10 a 14 y de 17 a 21.
Hubo los que se contentaron con lo que les tocó y los que se quejaron. El nombre del restaurante me había gustado y a mí tanto me daba un lugar como otro. Lo mío no era la cocina, yo fui a esa beca porque era gratis. Si hubiese sido de mecánica, hubiese ido igual.

Entraba la primavera. Primer día de trabajo. Como todo primer día, te sentís algo nerviosa. El lugar quedaba más o menos a quince cuadras de donde yo vivía, así que fui caminando. Me acuerdo que en ese momento estaba obsesionada con Portishead e iba con los auriculares a todo volumen, cantando por las calles, como una loca. 

Llego. El lugar ocupaba una esquina. Entro, y tímida, me presento. El tipo que estaba atendiendo la barra, se enseña como el encargado, me da ropa y pide que vaya a cambiarme para empezar. En la cocina había una señora de tez blanca, rubia y petisa. La saludo simpática. Por las puertas vaqueras entra el encargado:

-Aquí falamos galego -me dice

- Eu falo -mentí riendo

El no rió y entre ellos empezaron a hablar en gallego. Yo, claramente, no entendía nada.
Desde el primer día que trabajé en ese lugar, las horas no pasaban, el reloj parecía correr al revés. Me usaban de lavandín, todo el puto día ahí, en esa bacha, lavando cosas. Nunca había lavado tantas cosas en mi vida. Además, los mozos me tiraban todo arriba y cuando pensaba que había terminado, ¡puf!, otra horda de vajilla. Yo pensaba: ¿cuándo mierda voy a aprender a cocinar? Porque a eso vine, a aprender, ¿no?
Iban pasando los días y lo único que hacía era lavar platos, limpiar pisos, cortar pimientos y pelar tanques y tanques de papas. En todo el tiempo que trabajé, sólo una vez cociné tortilla española y pulpo a la gallega.

La otra ayudante de cocina era una dominicana de Santo Domingo. Morocha, corpulenta. Pensé que íbamos a confraternizar por ser las dos latinas, pero no. Era una lacra y se la pasaba todo el día diciendo ordinarieces, imbecilidades sexuales que me producían arcadas. Incluso un día, mostró las tetas frente a todos, mientras se cargaba al mozo. (No tengo problemas con que alguien muestre las tetas pero ella me daba vergüenza ajena). ¡Qué mujer que me generaba repulsión! La odiaba. La odiaba a ella, a la gallega, al encargado y al mozo, un colombiano. Odiaba a todos profundamente... menos a Julita, la moza de la mañana. Ella era distinta y estaba de mi lado. Era tan dulce que cuando yo llegaba por la mañana, me preguntaba qué quería desayunar y me hacía unos cafés con leche enormes con crema doble o leche condensada acompañados de medialunas calientes. Hermosos desayunos que la hija de puta de la gallega, me obliga a tragar, porque "había cosas para hacer".

A la gorda la quería matar. A todos los quería matar. A veces miraba los cuchillos y como saliéndome de la realidad, me imaginaba acuchillando a la gorda y a la gallega. Unas buenas puñaladas y que murieran desangradas en el piso. Me faltó poco. A veces sentía tanta rabia que me iba al baño a llorar. Lo que más bronca me daba era que, yo no era una inexperiente, yo trabajaba desde los 18 años y nunca me habían tratado así. Había sabido tener trabajos de mierda con gente de mierda... pero ahí, era demasiado.
La gallega me hacía picar a toda velocidad, me decía – ¡venga, venga, más rápido, más rápido!- y yo me cortaba todos los dedos porque no era una chef. Una de las tantas veces que me corté, me corté dedo y uña, bien profundo, bien en el medio.

No me acuerdo de los nombres de ninguno de ellos, sólo de Julita. El mozo colombiano me tiraba mala onda hasta que un día nos caímos bien y de ahí en más, comenzó con unos juegos de seducción rarísimos. Me arrinconaba cuando me estaba cambiando o cuando pasaba por la cocina, me desataba el delantal. Una vez en el depósito, me agarró y me quiso chuponear. Lo saqué. Me dijo que no sabía lo que me perdía, que los colombianos eran los mejores haciendo el amor. ¿Hacer el amor? Le dije que mejor le hiciera el amor a su mujer, (esa rubia que lo venía a buscar todas las noches con su hijo en un cochecito) que me tenían sin cuidado sus dotes sexuales. (No fue mi idea ponerme moralista pero fue lo que me salió. Quise decirle algo que le molestara y fue lo que se me ocurrió en el momento).

Una noche, el encargado me pidió que me quedara. Cuando cerrábamos, yo me quedaba limpiando los pisos. Y esa noche, me dijo que tomara lo que quisiera. A esa altura, nuestra relación ya estaba suavizada, no éramos enemigos. Incluso a veces, me defendía. Nos habíamos tomado algo de cariño. Tomé anís con coñac y después cerveza. El calor me subió a las mejillas. Nos sentamos en la barra y él no paraba de hablar. Tenía treinta años y hablaba como si tuviese ochenta. Yo, por dentro, nos imaginaba cogiendo arriba de la mesa, los vidrios del restaurante a la vista, la gente en la calle mirándonos. Tomando todo lo que quisiéramos. Revolcarnos desnudos por el piso. Acariciarnos en la penumbra. Lo imaginaba a él, corriéndome el mechón de pelo que cubriera mi ojo, pegoteado de sudor. Me dejaba intrigar con cómo sería, idealizando todo lo que no sabía de él. Pero sólo fantaseaba, él no me gustaba, lo hacía de curiosa. Lo hacía porque su charla era aburrida, triste. Lo hacía para no escuchar.
El centro de su vida, era su hija. Él estaba con la madre, a pesar de no quererla, sólo porque creía que era lo mejor para la niña. Además de trabajar más de 12hr, por el mismo motivo.
Abría y cerraba el restaurante todos los días. Su historia de vida era apenada. Los años se habían portado duro con él. Surgió la nostalgia y sacó fotos de su billetera. Eran fotos de cuando era joven. De cuando vivía en Barcelona y curtió la joda, los amores, las drogas.  Fotos de cuando era feliz.

Esa noche me fui borracha, melancólica. Podría decir que me fui triste, cargando una pena. Me fui sin cantar, mirando las callecitas angostas, los adoquines. La inmensidad de aquella muralla romana bajo la oscuridad desolada.

En el camino, me crucé con uno de esos africanos que venden CDs. Juntos caminamos varias cuadras, charlando sobre Kenia y la vida en ese lugar. Hablamos sobre lo duro de emigrar y de ser inmigrante. De pasar a otra cultura y adaptarse. Hasta que en un momento, de la nada, me quiso dar un beso. Le dije que no y quedamos en silencio. Cuadras después, se fue.

Esa noche fue rara.

4 comentarios:

  1. Intensa realidad la de vivir exiliada y no saber qué hacer si regresar o no. Mucho menos (o más), si la compañía no ayuda en nada.

    Saludos

    J.

    ResponderEliminar
  2. Es como que el inmigrante, después de solucionar el tema del trabajo, se acuerda de que quiere estar alzado y vuelve a estar alzado. Es una especie de segunda necesidad básica, no coger, simplemente estar alzado. Pensé en eso con lo del keniata.

    ResponderEliminar
  3. Una noche rara que se transformó en un hermoso relato.

    ResponderEliminar