viernes, 9 de enero de 2026

Ojos dos ojos

Cuando preguntás 

por qué no te dedico poemas

ni escribo de los dos 

es porque ya no escribo.

Todo lo que he escrito 

son puñados de basura.

Igual afino y canto

"de qué colores son tus ojos"

Me lo pregunté mirándote al sol

en la playa por primera vez 

Nadabas lejos y tuve miedo

Vos pez en el agua y yo tan aire 

en la inmensidad del mar

sin saber nadar

Un estacionamiento

sin saber conducir

suena triste

No nos parecemos

En la noche equivocada 

habríamos podido odiarnos 

pero elegimos creer en canciones 

saltar al abismo

devorar la esperanza.

Podría morir viéndote 

lavar tus dientes con determinación 

ver cómo cambiás de cepillo 

constantemente 

beber tu aliento 

hasta el hartazgo.

Huelo tu perfume negro

tu perfume blanco

un día dije: ¡basta!

escuchándote a escondidas disparar

Dejaste de hacerlo

para que ahora lo haga yo, 

inconsecuente. 

Sos quien saca la basura

en la casa de mi sangre

Pero has cruzado líneas rojas 

Has hundido el puño profundo

en lagos benditos

El pecado es un tumor 

que crece sin detenerse

Aún puedo recordar tu rostro

esperando el 110 y observarte

parado en la esquina de Belloni

Caminar por Saint Rosas, sin verte 

Repito tu nombre

con silencioso dolor 

Tu nombre iba a ser mío 

pero naciste antes

y fuiste varón.

martes, 6 de enero de 2026

Loba

  

De dónde esta mueca

Esta boca este rostro

Esta máscara este abrigo

De dónde esta locura

De acompañarte por las noches

Con este negro y este rojo

Esta bufanda que es una bufonada

Y esta vitrina que devuelve esta pirueta

Esta artesanal pinta hecha a la medida

Y esta lengua de loba despistada

Que te lame.


Carmen Berenguer

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Une saison en enfer

Hoy tiré al contenedor 

la obra completa de Rimbaud

en francés y español

que compré hace diez años

insólitamente en Costa Rica

y que cargué nueve meses

como a un bebé en el vientre.

Lo leí infinitas veces

sobre todo de noche, en la carpa

y lloré 

pero más lloré 

cuando sabiéndolo mi objeto preciado,

y especialmente por eso,

lo incendiaste.

-Siempre incineraste lo sagrado-

Me enviaste una foto

de mi libro en llamas

por sino creía en tus palabras

o quizás para mayor sufrimiento.

De veras, esa vez lloré más que todos los niños del mundo.

Tiempo después lo devolviste 

con menos páginas 

y los bordes quemados

como una carcelera carta de amor

que yo atesoré cuan insignia 

de nuestra temporada en el infierno.

Una amiga me dijo:

"esas cosas tienen mala vibra"

así que hoy limpié la casa

y lo tiré al contenedor. 





viernes, 2 de agosto de 2024

El retorno

La calle aún es de tierra y no hay saneamiento. Estamos jugando a las escondidas y la pica se hace en el frente de la casa de Eliana. La mayoría nos escondemos entre los árboles, arbustos y recovecos que hay en el terreno inmenso de la casa del Ale. En una corro tan rápido que aterrizo por la calle de pedregullo, me queda la pera raspada y tajeada, me arde. Me voy a lavar y sigo jugando. Eliana, ambiciosa por hacer un pica por todos los compas, se estrella contra la pared. Se da la cabeza contra el muro casi en posición horizontal. Se rompe el cráneo y le empieza a sangrar la boca, queda desmayada y pensamos que va a morir. Sale el padre, dice que no podemos jugar así y se la lleva para adentro. Dejamos de jugar.

 

Empiezo a andar en bicicleta, mi padre me saca una ruedita y en el pequeño patio de mi casa, ando en círculos y me caigo continuamente. Papá me saca las dos rueditas y me sostiene en la calle agarrando el asiento. Tomo velocidad y equilibrio. Cuando miro hacia atrás, él ya no está. Me caigo y me raspo las rodillas. Le digo que todo es por su culpa.

 

Me tiro en bicicleta por la bajada de Arturo, el dueño de la fábrica de macetas. Pierdo el control y caigo estrellada en la canaleta de mi casa, llena de agua podrida. Lloro. La vecina se ríe sin disimulo a carcajadas.

 

Mariano Arana nos hace la calle. Así dicen los vecinos. Pero seguimos sin saneamiento. 

Tengo ocho años, voy a la almacén de Fernando, a la vuelta de casa. Compro un cigarro. Lo fumo en el baño de casa. Mi madre siente el olor inmediatamente porque en mi casa nadie fuma y me grita enfurecida que qué estoy haciendo. Se indigna que Fernando le haya vendido un cigarro a una niña. 

Me pregunto por qué lo fumé en el baño y no en la esquina u otro lado. Mi psicoanalista dice que quise mostrarle a mis padres que podía hacer cosas de adultos. 

 

Soy adolescente y no me quiero levantar. Pasó el mediodía y sigo durmiendo. Mi padre me despierta muchas veces. Cada vez se pone peor. Me tapo la cabeza con la frazada. Me destapa y me tira un balde de agua en la cara. Despertate, vaga de mierda.

 

Son las 3 a.m. Tengo quince años. Mi padre es taxista y se va a trabajar a esa hora. Espero que se vaya y me escapo para ver a José en el muro de la esquina. Él me encanta. Tiene una boca suave y carnosa, los dientes blancos perfectos y se pasa riendo. Su padre es un mafioso que baja a la parte subterránea del bar La virgen, donde está la timba. Mientras su padre juega, él está conmigo. 

José es una persona realmente dulce y me trata diferente a los demás. Es más tierno que el resto. Chuponeamos horas, hablamos, nos reímos. Así muchas noches. Siempre en ese muro, después de las 3 a.m. Hace poco me enteré que lo mataron de un tiro.

 

Luigi trabaja como vendedor en los ómnibus. Es el padre de mi amiga Vanesa. Los sábados escucha la Karibe con K a todo lo que da. La madre de Vanesa se llama Andrea. Son una pareja extraña. Se tratan como niños, se gritan, pelean, se dan besos, se ríen alevosamente. Se quedan en la cama horas. Mis padres no son así, pienso.

Andrea tenía una verruga idéntica a la mía en la axila. Siempre lo recuerdo. Vanesa hace poco se suicidó. Luigi todavía vende en los ómnibus.

 

Todos los días tenemos cosas que hablar con mi amiga María. Todo el día hablamos y nunca se nos agota qué decir. Por algo somos las mejores amigas. Y todos los días también vamos a hacer mandados juntas. Esta vez hicimos una cola larguísima en la fiambrería y cuando fue nuestro turno y la fiambrera preguntó qué íbamos a llevar. María dijo: ella. Y yo dije: yo no. Vos ibas a comprar, no yo. No, yo no. Nos cagamos de risa. La inercia de nuestras intensas charlas nos acercó hacía ese lugar y dimos por sentado que estábamos ahí por algo. Se parece a la vida misma. 

La fiambrera se ríe, piensa qué pendejas pelotudas y llama al siguiente número.